La teoría que Charles Darwin (1809-1882) asentó hace 150 años en El origen de las especies, parecería que ya no genera discusión científica, pero es todo lo contrario, hoy continúan los debates y estudios sobre el desarrollo de la naturaleza.
¡Mamá, mi hermanito es el eslabón perdido!” “En este negocio, brodi, hay que evolucionar”. “A ese wey le creció de tanto que se la…” Etcétera. Las ideas de la teoría de la evolución se escuchan en cualquier plática, son parte de nuestra cultura. O, mejor dicho, el conjunto de ideas referentes a la evolución biológica y sus connotaciones sociales ya forman parte de nuestra manera de ver el mundo. Aunque, como se podría objetar aquí, ninguna de las frases anteriores es, de cierto, una “frase darwiniana”. Pero no importa.
El próximo 12 de febrero se cumplen 200 años del natalicio de uno de los hombres más influyentes del pensamiento occidental: Carlos Darwin. Y, como normalmente sucede con las teorías más significativas, ya sea el materialismo histórico, el psicoanálisis o la teoría de la evolución es que, como dijera Italo Calvino, “son libros que ya conocemos aunque nunca los hayamos leído”. Es decir, desde un cargador de abastos hasta un senador de la República, todos tenemos una idea de qué dijo Darwin. ¿Y qué dijo? Pues que evolucionamos. ¿Y qué es eso? Pues, ya lo dijo Cantinflas, ahí está el detalle.
¿Qué significa “evolucionar”?
Carlitos Darwin dijo, en resumen, que la naturaleza cambia, que el mundo que vemos hoy no es el que existía ayer, que hay especies que se extinguen y otras que surgen a partir de las anteriores. ¿Y nada más? ¿Para decir eso escribió cerca de 200 mil artículos y más de cinco libros y por eso, solamente por eso, es tan importante? Por supuesto que no. Pero tampoco es válido afirmar que la teoría de la evolución, tal como Darwin la formuló, es la que sigue vigente hoy día. Veamos.
En el buen siglo XIX, en el que vivió Darwin, había una idea en boga en Europa promovida por burgueses y masones: el progreso. Antes la idea predominante por esos lares era la de que “nada cambia”, la que se condensa en la frase de uno de sus más ilustres defensores, Leibnitz: “Vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Esa idea le gustaba mucho a la camarilla de monarcas que se inventaron el cuento de que eran familias elegidas por Dios para gobernar sobre el resto: si vivimos en el mejor de los mundos posibles, para qué le mueves, nada va a mejorar. Y les funcionó por muchos siglos (de hecho, hoy día aún les sigue funcionando a algunos), hasta que aparecieron los burgueses y los siervos se hartaron de mantener a sus amos y estalló la Revolución francesa y se declararon las independencias de los países americanos.
Pero la idea del progreso no nace sólo del descontento social sino que antes se gesta en la ciencia, en la astronomía y la mecánica. Si se mira su historia, de Ptolomeo a Kepler y de Aristóteles a Newton, es fácil concluir que hay un progreso o mejoría en nuestro conocimiento: cada vez predecimos mejor el movimiento de los astros y hacemos máquinas más y más complejas. ¡Progresamos! Y si la ciencia progresa, por qué no habrían de hacerlo también las sociedades, las religiones, la naturaleza, la cocina, los deportes, etcétera.
Para cuando nace el pequeño Carlitos, la idea del progreso en las especies está en boga. Si bien desde que se tiene registro —cosa que en Occidente equivale a decir “desde los griegos”— hay noticia de organismos fosilizados, de caracoles marinos encontrados en la punta de las montañas, de mosquitos atrapados en una gota de ámbar, etcétera, a partir de que los europeos salen de su rancho y comienza para ellos la Era de los Descubrimientos impulsada por la sobrepoblación y la devastación de recursos, comienza también a estar de moda en las cortes tener “trofeos naturales”. Se inventan los jardines botánicos del rey, los museos donde se presume lo que se han robado en los cinco continentes, los zoológicos y los museos de historia natural donde lo mismo se exhibe a un jaguar que a un pigmeo disecado.
Este afán cazador y coleccionista sirve para que tengan muchísimo quehacer esos mantenidos por el Estado: los científicos (antes del siglo XIX no se llamaban así, pero hacían exactamente lo mismo como cortesanos y sacerdotes). Los “científicos” europeos heredaron la tradición religiosa islámica que dice que “conocer el mundo es una forma de conocer a Dios”, así que se dedican a conocerlo, a clasificar las especies vivas y muertas, a reconstruir las que ya no existen o existen muy lejos de la corte, a encontrar el “orden divino” del mundo que dicta la teología natural. Los franceses Buffon, Cuvier y Lamarck y el sueco Linneo son sus principales exponentes. Y, por supuesto, la historia no está exenta de anécdotas: del siglo XVII al XIX era más o menos común la profesión de “trapero de huesos”, gente que andaba por América, África y Oceanía juntando huesos de animales que luego vendían a las cortes para que los científicos armaran animales fantásticos. Claro está, incluso Cuvier, muchas veces terminaban armando animales que no existían: si tenían huesos de un ave, un reptil y un marsupial, en lugar de hacer tres animales, ¡hacían uno!
Y en este afán de ordenar el mundo se encontraron con el problema de cómo ordenar lo que ya no existe, las especies extintas: ¿es Dios capaz de aniquilar su creación? ¿Por qué habría de hacerlo? Para unos, la respuesta la daba la Biblia; para otros, el progreso, la “evolución”.
Los religiosos de un lado y los religiosos del otro
Para los religiosos abrahámicos tradicionales (cristianos, judíos, islámicos) la explicación a los fósiles estaba en donde “debería estar”: la Biblia. Ahí se habla del diluvio que arrasó con todo para limpiar el planeta y, como todo se inundó, por eso hay conchitas en las montañas. Esto dio origen a una de las primeras corrientes evolucionistas: los neptunianos, los que veían en el mar la razón de los cambios en la Tierra. Sin embargo, la misma Biblia afirma que Dios le dijo a Noé que subiera a su lancha “dos de cada especie” y, para el siglo XVIII ya se habían encontrado hartos fósiles de animales extintos que no parecían, por ningún motivo, “marinos”. Y, como muchos de estos fósiles se encontraban cerca de los volcanes, de ahí toma su nombre la otra corriente: los vulcanistas o plutonistas, para quienes los cambios de la Tierra eran causa de los volcanes.
Ambas corrientes, más en el ámbito de la geología que de la biología, siguieron debatiendo incluso después de la muerte de Darwin a finales del XIX. Pero, por lo pronto, habían asentado una cosa: el planeta cambia.
En el área de la biología el primero en tratar de dar una explicación coherente del cambio y/o “evolución” de las “especies” es Jean Baptiste Lamarck quien, para cuando Carlitos Darwin aún era impúber, ya había terminado su teoría. Dicha teoría se encontró con dos problemas principales y una desventaja. Los problemas eran: 1) el rechazo de los religiosos tradicionales y 2) la teoría era compleja y parte de, por lo menos, tres principios cuya combinación determina la evolución de un organismo; de modo que no se logró expresar de forma coloquial más allá de frases absurdas como “a ese wey le creció de tanto que se la…” (o el uso y desuso de los órganos). Y la desventaja era que la teoría, en sí misma, no le servía de nada a los grupos en el poder. Entonces apareció Darwin.
Cierto es que aparte de Darwin hubo otros, como Wallace, que llegaron a conclusiones similares. Sin embargo, eran menos carismáticos, tenían una prosa horrenda o no tenían el poder y la cantidad de ejemplos que tenía Darwin. La teoría de Darwin, a diferencia de la de Lamarck, sólo tenía el problema del rechazo religioso. Es más simple y, aunque no tanto como sus versiones populares, se puede expresar en una o dos frases: “la supervivencia del más apto”, “la supervivencia del más fuerte” o, más acertada, “no sobrevive la especie más fuerte sino la más adaptable al cambio”. Además tenía la ventaja de que, expresada de cualquiera de estas formas, otorgaba una “justificación científica” a los gobiernos europeos en plena invasión de África y Asia: si antes “les llevaban” la “religión verdadera” ahora les llevaban la “civilización más avanzada, la más evolucionada”.
Por supuesto, estaban confundiendo peras con tlacuaches. Pero confundir peras con tlacuaches es un principio básico de la manipulación política: no somos los bárbaros mongoles que invaden Europa, somos los pioneros que colonizamos y llevamos la religión, la civilización, la libertad y la democracia (seguimos hablando del siglo XIX).
Darwin propuso un mecanismo simple y elegante para explicar tanto la diversidad de especies como su abundancia y la extinción de algunas de ellas: la selección natural. Desconociendo la genética mendeliana pero conociendo la genética intuitiva de los criadores de ganado, Carlitos sabía que había ciertos “caracteres” que se heredaban y que algunos de ellos habrían de servir más que otros al individuo para conseguir alimento y reproducirse. También se imaginó que las especies eran una suerte de continuo que iba desde los organismos más pequeños a los más grandes y dibujó unos explicativos arbolitos donde proponía la continuidad, por ejemplo, de los pinzones de las Galápagos o de los primates. Ahí estalló la bomba de los religiosos tradicionales: ¿es el ser humano un chango?, ¿no somos “especiales” y casi casi “divinos”?
Pero no sólo eso, sino que la teoría de Darwin, como la de Lamarck, dejaba una inmensa cantidad de huecos y fenómenos sin explicación y mucho de lo que proponía era sólo una idea inteligente pero sin ningún sustento empírico. Más todavía, su propuesta refutaba, en el fondo, el concepto mismo de “especie”. En otras palabras, fueron los científicos de religión tradicional abrahámica quienes formularon a partir de la Biblia el concepto de “especie” (“dos de cada especie”): creaciones únicas de Dios. Y, al proponer la idea del continuo, Darwin echaba por la borda dicho concepto. Por último, también se le criticó haber confundido el concepto de supervivencia con el concepto de extinción. Es decir, que la “selección natural” no explica la supervivencia de los “más aptos” o los “más adaptables” sino que explica la extinción de los “menos aptos” o los “menos adaptables”. Cuestión que puede parecer lo mismo pero no lo es: afirmar que sobreviven los más adaptables conlleva la idea de que la naturaleza se va perfeccionando —de ahí que la idea de “evolución” esté ligada en el habla coloquial a la idea de perfeccionamiento—, mientras que afirmar que se extinguen los “menos adaptables” conlleva la idea de que la naturaleza no es perfectible sino que siempre hay de todo un poco. Y, de pilón, la teoría de Darwin no explicaba —ni explica— la extinción de los fósiles más interesantes de todos: los dinosaurios.
Pero aun así, triunfó. Y las razones hay que buscarlas fuera de la ciencia: en un conflicto de fe. Como se mencionó atrás, en el buen siglo XIX el “progreso” estaba de moda. Más que eso, era una suerte de religión (que hoy continúa): todo mejora y vamos siempre en un camino infinito de perfección. Éste es el credo de la ciencia positivista, ese que profesaba el gabinete de Porfirio Díaz y por eso eran llamados “los científicos”. Así, se enfrentaron de un lado los que tenían fe en el progreso y, del otro, los que tenían fe en que la perfección sólo estaría en el Más Allá. Y, como los países más poderosos de la época eran los que habían cortado con la jerarquía católica —ya fuera por una revolución laica, como Francia, o porque idearan su propia versión del cristianismo, como Inglaterra—, pues ganaron los que creían en el progreso.
Entonces ¿esto significa que la teoría de Darwin no tiene nada de “científica”, nada de verdad? No.
La estructura mágica
Como ya se podrá usted imaginar, el concepto de “especie” continúa hoy día, con modificaciones respecto al pensamiento original y sin su componente bíblico. Porque si bien sigue en debate, también es muy útil para la investigación. Algo similar sucede con la teoría de Darwin, aunque con mucho mayor impacto y con una historia harto más rica que, en general, tiene tres vertientes: la política, la religiosa y la científica.
La historia política es la más sabrosa y escalofriante. Políticos y humanistas leyeron a Darwin y encontraron en él al demonio o al dios de su inspiración. La mayoría leyeron “es natural que ganen los fuertes (y se jodan los débiles)”; más aún, “como la naturaleza va en camino a la perfección (o evoluciona), es claramente válido echarle una manita eliminando a los débiles”. Así nacieron el darwinismo social de Spencer, la raza cósmica de Vasconcelos, la frenología (para identificar a los débiles) y la eugenesia (para depurar la sociedad), y en la mayoría de países de Europa y América (más Australia) se propusieron o llevaron a cabo políticas de castración y abortos de “débiles” mientras que en África los europeos inventaban el “campo de concentración”. La apoteosis, claro está, fue Hitler, quien había tomado del darwinista Ernst Heackel la idea de que las razas humanas eran “especies” diferentes. Por desgracia, Auschwitz no fue el fin de estas prácticas y hoy día aún hay quien las propone.
Al otro lado del espectro ideológico, entre socialistas y comunistas, Darwin también tuvo su impacto. Ya que la teoría de la evolución indicaba que había individuos más aptos que otros y que en la naciente U.R.S.S. se suponía que todos eran iguales (además de que al bueno de Stalin le dio por creerse filósofo de la ciencia), pues se revivió a Lamark y se proscribieron el darwinismo y la genética, con su consabida cifra de científicos que murieron en Siberia.
En el ámbito religioso han aparecido varios puntos intermedios, por ejemplo: 1) Dios dispuso todo para que hubiera evolución de las especies y en la cúspide estamos nosotros. 2) La evidencia de que no existiera el hombre desde el inicio de la vida sólo prueba que, efectivamente, primero fue el Paraíso y después Dios nos creó. 3) Todas las especies evolucionan excepto nosotros (lo cual, en el caso optimista, sería una creencia y en el pesimista, una realidad). 4) Todo es falso y hay que enseñar creacionismo en las escuelas.
Por último, en el ámbito científico el debate sigue intenso por tres razones: por un lado, la dificultad de estudiar el fenómeno porque no hay registro fósil de todas las épocas en todos los lugares (además de que no todo se puede “fosilizar”), por otro, porque sigue sin haber una teoría que explique todos los casos (por ejemplo, la resistencia de las bacterias a los antibióticos parece resucitar a Lamark) y, por último, porque las teorías de la evolución, desde Darwin a nuestros días, conllevan una serie de supuestos filosóficos que no necesariamente comparten todos los científicos. Respecto a este último punto, vale la pena mencionar dos supuestos. Primero, la idea de que la naturaleza se “va perfeccionando” les suena demasiado mística a muchos. Y lo es. Pero, aparte, esta idea de perfeccionamiento condujo, curiosamente durante el auge de las partes reemplazables y las líneas de producción, a la idea de que entre más especializada fuera una especie, más “evolucionada”. Esto a su vez trajo consigo la idea de que entre más especialistas hubiera en un ecosistema, dicho ecosistema era más estable (tal como sucedía en los países de “primer mundo” a inicios del siglo XX). Y esto desemboca en el segundo supuesto problemático hoy día: el cambio continuo.
En otras palabras, ¿cambia continuamente la naturaleza o se mantiene estable? ¿A qué ritmo cambia? ¿Es verdad que nos estamos acabando el planeta o es algo “natural”? ¿Por qué si era un “hecho científico” que los ecosistemas con más especialistas eran los más estables, como las selvas tropicales y los arrecifes, ahora dicen los ecólogos que son los más frágiles al impacto de la actividad humana? ¿Qué es lo que sucede?
El estudio de la naturaleza es en gran medida un reflejo de nuestras sociedades. No porque lo que diga no parta de hechos observables, sino porque lo que se decide observar depende de los intereses de las personas. Así, la idea del macho alfa dominando la manada estuvo muy bien por muchos años, pero en la década de 1960 aparecen las primeras especies “feministas”, en la de 1970 los primeros “divorcios” entre animalitos, en la de 1980 comienza el boom de los organismos “homosexuales” y, mientras los nerds se volvían los hombres más importantes del mundo encabezados por Bill Gates, en la de 1990 comienzan a aparecer los estudios que muestran que el chicho de la manada no es el macho alfa sino el nerd que anda por ahí y que ni siquiera se mete en pleitos de supremacía (y luego, cuando el macho alfa se va, él se divierte de lo lindo con las muchachas).
De la teoría de la evolución de Darwin queda poco en la biología contemporánea y, aunque está estrechamente vinculada con la ecología (muchos libros de texto presentan ambos temas en la misma unidad), ahora con el “cambio climático” entra en conflicto con la idea del equilibrio ecológico. El conflicto es, por supuesto, más teórico y político, pues ¡hay que hacerles ver a nuestros gobernantes que hay que cuidar la naturaleza! No obstante, la estructura simple de la teoría de Darwin, sus arbolitos de continuidad y que “sobrevive la especie más adaptable”, sigue fecundando la imaginación de chicos y grandes: evolucionan las empresas, la literatura, los deportes, la cocina y todo lo que usted quiera.
La magia de la teoría de la evolución de Darwin no sólo es que dio, de forma sencilla, una serie de ideas y mecanismos para tratar de entender lo que ya se intuía: que la naturaleza cambia. Sino que además sintetizó el sentimiento de su época y su sociedad y ha servido de faro más allá de la biología: es posible evolucionar.
• Luis Felipe Lomelí (Guadalajara, 1975). Ingeniero físico, biotecnólogo, maestro en Ecología y doctor en Ciencia y Cultura. Su última novela es Cuaderno de flores (Tusquets, 2008).
• Grisel Samaniego (Ciudad de México, 1983). Licenciada en Ciencias de la comunicación y productora de televisión. Actualmente produce el programa de libros Entre líneas de Canal 22.
Luis Felipe Lomelí / Grisel Samanieg http://impreso.milenio.com/node/8529457
1. La teoría de la evolución
1.1 Partiendo del fijismo
A pesar de que el viejo Anaximandro de Mileto (siglo VI a.C.) había ya intuido la idea de evolución de los seres vivos, el pensamiento occidental ha defendido, hasta pasado medio siglo XIX, una concepción fijista de la vida. Según el fijismo, tanto la naturaleza como las especies vivas son una realidad definitiva y acabada: los seres vivos son formas inalterables, siendo hoy tal y como fueron diseñadas desde su comienzo. Obviamente, el fijismo iba apareado al creacionismo. Incluso el gran botánico sueco, Carl von Linné (1707-1778), autor de la célebre clasificación u ordenación de todos los seres vivos en géneros y especies, atendiendo semejanzas y proximidades entre formas de vida, nunca escribió sobre la posibilidad de un origen común de las especies parecidas. Las especies habían sido creadas de un modo separada e independiente.
La paleontología y la anatomía comparada, ciencias nacidas a comienzos del siglo XIX, proporcionaron datos que cuestionaban la concepción fijista. Tanto los fósiles de animales nunca vistos, más extraños e increíbles cuanto más antiguos eran los estratos geológicos, como las semejanzas y correlaciones entre los diferentes organismos, incluidas las formas extinguidas, hacían que los científicos del momento se encontrasen en una situación inquietante y conflictiva. George Cuvier (1769-1832), el fijista fundador de la anatomía comparada, intentó solucionar el conflicto sugiriendo que la Tierra había sufrido frecuentes cataclismos o catástrofes, como el diluvio universal de la Biblia, que provocaron la extinción de todas las especies y que, posteriormente, nuevas formas habían sido creadas
Pero los mismos datos de la paleontología y de la anatomía comparada fueron interpretados de manera diferente por Jean Baptiste de Lamarck (1744-1829). Fue él quién propuso la primera teoría coherente de la evolución o, mejor dicho, de la transformación de los seres vivos. Pero la falta de pruebas de un transformismo según el cual el alargamiento del cuello de las jirafas era un carácter adquirido que se explicaba por los persistentes esfuerzos adaptativos, facilitó que la teoría de las catástrofes de Cuvier, agresivo adversario de Lamarck, acabase imponiéndose. Así, hacia el 1840, el debate sobre fijismo y evolucionismo estaba resuelto: parecía que el fijismo había ganado la batalla
En estos mismos años, uno joven inglés, Charles Darwin (1809-1882), estaba reflexionando sobre multitud de observaciones hechas durante los cinco años de viaje acerca de la tierra a bordo del barco [Beagle]. La infinitud de observaciones anotadas en su diario, le decían que la vida es evolución y que unas especies se originan de otros
1.2 La teoría de la evolución de Darwin
| Uno de los libros que el joven Charles Darwin había escogido de compañía en su viaje era Principios de Geología, el autor del que era su amigo Charles Lyell (1797-1875). Lyell explicaba los cambios del pasado en la superficie de la tierra por la acción gradual de las mismas causas observables que en el presente actúan, es decir, defendía que el funcionamiento geológico no había cambiado y que iba con extrema lentitud. Darwin asumió este planteamiento de Lyell: los cambios biológicos en el pasado se explican por las mismas causas que actúan en el presente. Otro libro influyó en el joven pensamiento de Darwin, el Ensayo sobre el principio de población de Thomas Malthus (1776-1834), en el cual habla de la inevitable lucha por la vida y de la ventaja que en ésta tienen los individuos más bien dotados; de aquí emerge la célebre idea de la selección natural |
Es conocido que, independientemente de Darwin, el naturalista inglés Alfred Wallace (1823/1913), tras viajar por la Amazónica y otros lugares, llegó a las mismas conclusiones en los mismos años. La elevada calidad personal de ambos naturalistas evitó polémicas sobre quién fue el primero en establecer las ideas claves de la teoría de la evolución. En el año 1858 apareció una publicación conjunta: un artículo de Wallace sobre la evolución y un resumen de las ideas evolucionistas que Darwin exponía en su manuscrito El origen de las especies por medio de la selección natural, que no osó publicar hasta el 1859. Fue el mismo Wallace quién comenzó a utilizar la expresión darwinismo para designar este común conjunto de ideas
La teoría evolutiva o darwinismo se concreta en los siguientes puntos o postulados:
- Las formas de vida no son estáticas sino que evolucionan; las especies cambian continuamente, unas se originan y otros se extinguen.
- El proceso de la evolución es gradual, lento y continuo, sin saltos discontinuos o cambios súbitos.
- Los organismos parecidos se hallan emparentados y descienden de un antepasado común. Todos los organismos vivientes pueden remontarse a un origen único de la vida.
- La selección natural es la llave, en dos fases, que explica todo el sistema.
La primera fase es la producción de variabilidad: la generación de modificaciones espontáneas en los individuos.
La segunda, la selección a través de la supervivencia en la lucha por la vida: los individuos mejor dotados, los que han nacido con modificaciones espontáneas favorables para hacer frente al medio ambiente van a tener más posibilidades de sobrevivir, de reproducirse y de dejar descendencia con estas ventajas
Charles Darwin, en su libro de 1871 titulado El origen del hombre y sobre la selección en relación con el sexo, aplica directamente al homo sapiens las anteriores ideas evolucionistas. Obviamente, las teorías evolucionistas desencadenaron polémicas y violentos críticas; para mucha gente constituía un insulto intolerable a la raza humana. Con el darwinismo, el ser humano ya no era un ser especial y diferenciado, sino, como el resto de los seres vivos, resultado de un mismo proceso vital.
| Los postulados 1º i 3º, a saber, la afirmación de un mundo en evolución sustituyendo la idea de un mundo estático y la afirmación de la comunidad de descendencia partiendo de un antepasado común, fueron aceptados pronto por la mayor parte de científicos serios. Sin embargo, polémicas y caricaturas mostraban un rechazo popular a la inclusión del hombre en la comunidad de descendencia de los animales.
El 2º postulado, el del gradualismo, siguió trayectorias desiguales: biólogos profundamente convencidos de las ideas evolucionistas, por ejemplo Thomas Henry Huxley, nunca aceptaron un origen gradual y continuo de las especies, defendiendo, alternativamente, un origen saltacionista El 4º postulado, el que se centra en el mecanismo de la selección natural, ha sido el más discutido tanto por biólogos como por filósofos. El postulado implicaba atribuir al azar un protagonismo que la ciencia determinista del siglo pasado sólo con resistencia podía aceptar: la harmonía ascendente del mundo de los ser vivos no podía ser un resultado arbitrario y aleatorio de la selección natural, era una harmonía u orden que exigía un proyecto |
1.3 La “teoría sintética de la evolución”
En las décadas de 1930 y 1940, la teoría de la evolución, recogiendo nuevas investigaciones y nuevos descubrimientos, se reformuló en una “nueva síntesis”.
Auguste Weismann, un alemán seguidor de Darwin, diferenció, por primera vez, dos tipo de células: las somáticas y las germinales. Demostró la imposibilidad de transmitir los cambios adquiridos, cambios que no estaban registrados en las células germinales. Con esta distinción, Weismann excluía la herencia de los caracteres adquiridos propia del lamarkismo: el alargamiento del cuello de las jirafas no se podía explicar por los persistentes esfuerzos adaptativos.
| El nacimiento de una nueva ciencia, la genética, dio pie a una reactivación del fijismo. Las leyes de Gregor Mendel, redescubiertas a comienzos del siglo XX, parecían un golpe fatal al evolucionismo. (El monje checo, Gregor Mendel, 1822-1844, había descubierto el 1865 las leyes que llevan su nombre; las publicó en un diario local pero fueron totalmente ignoradas). El mismo efecto produjeron las investigaciones de Thomas Hunt Morgan (1866-1945) sobre los cromosomas y los genes. Leyes de Mendel y cromosomas parecían obedecer más a un principio de constancia y regularidad que a un principio de cambio |
Un retorno a las ideas evolucionistas se hizo viable con las observaciones del botánico holandés Hugo de Vries (1848-1935), las cuales daban testimonio de la aparición súbita de variantes en el proceso de reproducción de ciertos tipo de plantas.
| Concluía que nuevas especies elementales aparecían a consecuencia de mutaciones o variaciones bruscas. De Vries cuestionaba tanto el gradualismo como el mecanismo de la selección natural. |
En el primer tercio del siglo XX, dominaba una continua lucha de datos y afirmaciones entre fijistas, lamarkistas, darwinistas, geneticistas, etc. Gracias a los esfuerzos de Dobzhanski, Ernst Mayr y G.G. Simpson, entre otros, nació una concepción general e integradora, la teoría sintética de la evolución; la nueva teoría perfeccionaba la de Darwin a la luz, principalmente, de la teoría cromosómica de la herencia iniciada por Mendel y de la genética de poblaciones
La teoría sintética de la evolución o neodarwinismo se caracteriza por:
1. Un rechazo de la herencia de los caracteres adquiridos,
2. La ratificación de los gradualismo en la evolución y
3. El reconocimiento del mecanismo de la selección natural con sus dos fases actualizadas.
Primera, la producción de mutaciones cromosómicas o variabilidad genética.
Segunda, la selección de los portadores de dotación genética más favorable para hacer frente a las presiones ecológicas; éstos, estadísticamente hablante, tienen una probabilidad de supervivencia y de procreación más alta que el resto de la población.
Hoy, el consenso entorno de la teoría sintética está debilitado. Ciertamente, es una teoría que se presenta con firmeza, pero con importantes dificultades u obstáculos. Dos muestras. El genetista y neodarwinista J. B. S. Haldane (1892-1964) argumenta que no se explica la permanencia de una especie cuando parte de sus individuos han evolucionado hacia formas más aptas constituyendo otra; una dificultad que es conocida como el «dilema de Haldane». El paleontólogo y neodarwinista S. J. Gould, partiendo del voluminoso registro fósil actual, no ve justificado hablar de proceso evolutivo gradual: la evolución ha avanzado mediante cambios súbitos, a saltos. Así, pues, hoy hay muchas y diversas maneras de considerarse darvinista
2. Implicaciones
2.1 Generalización de la idea de evolución
Darwin se centró en la evolución biológica. Antes de él, Lyell había escrito sobre los mecanismos de la evolución geológica y, más anteriormente, una evolución cósmica había sido esbozada por Kant y Laplace. Por otro lado, unos cincuenta años antes de la publicación de El origen de las especies, la filosofía alemana dominante ya había defendido una concepción dinámica de la naturaleza y del propio pensamiento. El romántico Hegel (1770-1831) especulaba que todo está en proceso de superación, un desarrollo constante e total conocido como proceso dialéctico
| No debe sorprender, pues, que después de Darwin se constatase o estableciese evolución en pluralidad de ámbitos, es decir, se generalizase la idea de evolución: evolución en el mundo físico, en el mundo social, en el mundo psíquico. El biólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919) fue unos de los primeros en extrapolar la evolución biológica; más allá de lo que permitía la ciencia del momento, intuyó que el proceso evolutivo no quedaba restringido a la biología, la evolución -decía- va «del átomo al hombre». | |
| Evolución más allá de la biología |
El pensador inglés Herbert Spencer (1820-1903) concibió la evolución como un principio cósmico que afecta a los humanos especialmente en su dimensión social. Subrayó, por influencia de su lamarkismo, que la mayor virtud es la adaptación al medio. Los individuos que con esfuerzos conscientes y exitosamente son capaces de adaptarse a las cambiantes necesidades del medio social, son los individuos que sobrevivirán y dominarán. Fue precisamente Spencer quién introdujo la expresión supervivencia del más fuerte; en el conjunto de su obra, la biología es utilizada para apoyar las tesis de la economía liberal inglesa. Muy posteriormente, Edward O. Wilson (nacido el 1929) con su polémica La sociobiología, publicada el 1975, aplicó de nuevo la biología y la teoría de la evolución a las ciencias sociales. Wilson ve las sociedades humanas, como las hormigas que tanto ha investigado, prisioneras de sus genes. Las hormigas son robots o animales altamente programados. Los humanos, en menor medida, también: en los nuestros genes se hallan escritos muchos de nuestros comportamiento, por ejemplo, la prohibición del incesto.
La idea de evolución también fue asumida por la naciente psicología. Unos de los pioneros, Francis Galton, primo de Darwin, inició la Psicología Diferencial; más tarde, se abrió camino la Psicología Genética. También, impregnado de evolucionismo, es el mismo psicoanálisis de Sigmund Freud, que identifica momentos evolutivos o etapas tanto en la trayectoria de crecimiento del individuo como en la formación cultural de la humanidad.
Este evolucionismo generalizado, desde el mundo inorgánico al mundo orgánico, desde la dimensión mental a la social, ha reforzado la vieja intuición de los primeros filósofos griegos según los cuales el cosmos tiene una unidad esencial y sólo puede ser comprendido desde una perspectiva global e integradora. Una concepción que hoy está más asumida, pero inaceptable por muchos coetáneos de Darwin y para los que el ser humano era único e inclasificable. Recordemos que el mismo Linné, el naturalista que elaboró la actual clasificación de los seres vivos en géneros y especies, hasta la décima edición (1758) de su majestuoso Systema naturae no hizo aparecer la expresión, por él introducida, «homo sapiens»: no se atrevía en incluir el ser humano dentro de el conjunto del mundo animal
2.2 Versiones sociales del darwinismo
En su viaje de cinco años a bordo del Beagle, Darwin anotó muchas observaciones de la vida social (esclavitud, pobreza, agresiones…) de los diferentes lugares que visitaba. Escribió: «Si la miseria de nuestros pobres no se debe a la naturaleza sino a nuestras instituciones, grande es nuestra culpa». En vida suya ya comenzaron los intentos de fundamentar en la naturaleza tanto las organizaciones como las diferencias sociales. Así, el darwinismo, en versión social, incidió en los acontecimientos sociopolíticos del finales del siglo XIX y de todo el XX
a) En Alemania arraigó hondo el evolucionismo. Su historia reciente era interpretada como una confirmación de la idea de supervivencia de los más aptos. El 1871, doce años tras la publicación de El origen de las especies, Alemania salía victoriosa de la guerra francoprusiana; unificada y llena de entusiamo nacional, se proclamó, en el conquistado palacio de Versalles, el II Reich. Luchando, Alemania se elevaba por encima de todos. Un Imperio que le hacía falta, como las otras potencias europeas, poseer aún más colonias. Posteriormente, Hitler, apropiándose ideas de Nietzsche de raíz darwinista, loará las extraordinarias excelencias de la raza aria, la más idónea en la lucha por la vida. El suyo III Reich estaba destinado en durar mil años
b) En los EEUU enraizó también una versión social del darwinismo. La ética del cowboy, forjada en los tiempo de conquista del oeste, encajaba con la idea de lucha por la supervivencia. Un individualismo que valoraba la libertad, la desigualdad y el triunfo del fuerte. De un teórico norteamericano es la afirmación: «los millonarios son el resultado de la selección natural»: los débiles e incompetentes se han de aplastar, en la lucha por la vida no han tenido éxito. Las guerras coloniales o las imposiciones raciales representaban la irresistible tendencia del proceso evolutivo
c) En un contexto muy distinto, Karl Marx encontró en Darwin soporte para sus propias teorías, una versión social de las teorías biológicas de Darwin. Como la evolución biológica, la evolución social responde a unas leyes, unas leyes de transformación social que el marxismo buscaba. Y como en la evolución biológica, el cambio es hace con lucha, una lucha que conducirá a una sociedad mejor
2.3 Del ‘creacionismo – evolucionismo’ al ‘finalismo – azarismo’
La publicación de El origen de las especies desencadenó un nuevo conflicto entre ciencia y religión. A pesar de que Darwin declaraba que «no veía ninguna razón válida por la que las opiniones expuestas ahogasen los sentimientos religiosos de nadie», su pensamiento abrió duras polémicas
Se iniciaba, pues, un apasionado debate entre partidarios de la evolución y partidarios de la creación. En un primer momento, creación y evolución aparecieron como dos conceptos totalmente contradictorios. Posteriormente, surgieron conciliaciones. Si interpretemos el relato bíblico de un modo literal, ciertamente, creacionismo y evolucionismo son concepciones contradictorias. Pero ya el papa Pio XII, en la encíclica Humani Generis, pontificó que el texto del Génesis se había de interpretar, que sólo indicaba que Dios intervino en la formación del mundo y del hombre, el ‘cómo’ es una cuestión que ha de aclarar la ciencia: en la Biblia no hay que buscar explicaciones científicas. Igualmente, creación y evolución son contradictorios si a la idea científica de evolución asociamos la idea filosófica de autonomía o de autosuficiencia de este proceso Se iniciaba, pues, un apasionado debate entre partidarios de la evolución y partidarios de la creación. En un primer momento, creación y evolución aparecieron como dos conceptos totalmente contradictorios. Posteriormente, surgieron conciliaciones. Si interpretemos el relato bíblico de un modo literal, ciertamente, creacionismo y evolucionismo son concepciones contradictorias. Pero ya el papa Pio XII, en la encíclica Humani Generis, pontificó que el texto del Génesis se había de interpretar, que sólo indicaba que Dios intervino en la formación del mundo y del hombre, el ‘cómo’ es una cuestión que ha de aclarar la ciencia: en la Biblia no hay que buscar explicaciones científicas. Igualmente, creación y evolución son contradictorios si a la idea científica de evolución asociamos la idea filosófica de autonomía o de autosuficiencia de este proceso.
Para muchos creyentes, una creación desarrollada por evolución es tan admirable como el relato bíblico del Génesis. En esta línea es preciso entender la obra del paleontólogo y pensador cristiano Pierre Teilhard de Chardin(1881-1955), el objetivo de la cual fue conciliar cristianismo y evolucionismo. Concibe el hombre, no de un modo autónomo, sino en el marco de la naturaleza, formando parte de un universo en evolución ascendente, irreversible y lleno de intencionalidad: el universo, tal y como su nombre dice, tiende ‘hacia Uno’, un Absoluto o punto Omega que está implicado en todo el proceso evolutivo.
El conflicto creacionismo-evolucionismo se ha transformado hoy en el conflicto finalismo-azarismo, planteado en los siguientes términos: ¿el orden natural es resultado de un designio o finalidad, o bien es una realidad imprevisible y casual, un producto del azar?
La introducción de la idea de finalidad en la evolución proviene de un razonamiento analógico. Así como en la vida diaria sólo las operaciones conducidas según objetivos previstos dan buenos resultados, mientras que cuando se actúa sin propósito el orden no suele imponerse, análogamente, el proceso evolutivo constante, el crecimiento de orden y complejidad en la naturaleza, se explica por obra de un Agente que ha dotado de intencionalidad todo el proceso.
Para los azaristas, esta argumentación no es más que una ilusión antropocéntrica. El hombre se cree un ser necesario, inevitable, un producto esperado desde siempre; la argumentación finalista no sería más que un desesperado esfuerzo para negar la contingencia humana. Para los azaristas como Jacques Monod y otros, los fracasos que la evolución muestra son prueba de falta de intencionalidad: la aparición del Homo sapiens es el resultado de una enorme lotería.
3. La grandeza de Darwin
Los pocos miles de años de vida humana no constituyen sino una etapa insignificante en relación al largo periodo en que se ha realizado la evolución de los seres vivos. La grandeza de Charles Darwin está en haber inferido este largo proceso de la vida. Imaginemos que una efímera, éste insecto que no vive más que un día, observase diferentes momentos de la vida humana: vería recién nacidos, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos, pero no descubriría ningún desarrollo ni cambio
La efímera Charles Darwin ha sabido ver más allá. De la ordenación sistemática de las especies existentes, es decir, de la clasificación de los animales, desde los organismos unicelulares, pasando por las diferentes formas de animales marinos, y siguiendo con los peces, anfibios, reptiles, aves, mamíferos, hasta el ‘hombre, de esta ordenación sistemática, Darwin ha inferido una ordenación histórica de su génesis: la vida comenzó con unos primitivos seres vivos unicelulares y, en el curso de millones de años, ha continuado en formas cada vez más complejas hasta llegar al ser humano.
Escrito por ccortesamador 











