“Sexo y Sexualidad en el Siglo XXI” (resumen)

Comentario y Fragmentos del Libro “Sexo y Sexualidad en el Siglo XXI” de Jorge Alberto Franco

Comentario del Libro

Todas las sociedades humanas han controlado y ritualizado la sexualidad. También observamos lo difícil y complejo que resulta el diálogo personal, ya que una prohibición conciente o inconciente actúa limitando o evitando la discusión científica o académica al abordar los contenidos relacionados con la sexualidad.

La experiencia docente universitaria, la extensa actividad asistencial y la formación interdisciplinaria fueron necesarias para reunir información imprescindible en el plano académico para el profesional en general y de la salud en especial, el docente y el alumno, como para todos aquellos que tengan inquietudes y quieran desterrar los mitos que rodean a la sexualidad.

Aborda en profundidad los determinismos biológicos prenatales y postnatales, los condicionamientos culturales desde el tabú del incesto a la problemática de la pareja moderna, los conflictos sexuales desde simples dificultades a la complejidad de la perversión o transexualismo. También incluye el uso de los métodos anticonceptivos, las enfermedades de transmisión sexual y las discusiones teóricas sobre el origen de la homosexualidad, todos temas que deben formar parte del conocimiento indispensable para la vida personal como para el desarrollo académico.

Las ilustraciones clínicas y un desarrollo fluido y ameno hacen comprometer e interesar en un tema humano tan indispensable como apasionante.

Fragmentos del Capítulo 1

Determinismo biológico

“La posición de los genitales -inter urinas et faeces,”entre la orina y las heces”-
sigue siendo el factor decisivo e inmutable. Podría decirse, parodiando un
famoso dicho de Napoleón: «La anatomía es el destino».

Sigmund Freud, Sobre una degradación general de la vida erótica

1-El desarrollo prenatal - Reproducción Asexual y Sexual

Para la biología, desde el punto de vista de la evolución, el sexo no tiene que ver con el origen de la vida, aparece tardíamente en la evolución biológica.

Por un lado, porque la base de la reproducción se halla, desde un punto de vista general, en la duplicación de las macromoléculas proteicas que logran dar origen a copias exactas a sí mismas (ADN), y las distintas formas vivientes no son otra cosa que este empeño en lograr la multiplicación de la mejor forma posible; por otro lado, los seres unicelulares se reproducen por partición asexual y fueron formas de vida anteriores a los que están formados por múltiples células.

En el caso de las amebas, su crecimiento las lleva a un punto crítico que da como resultado dos nuevas células idénticas a las células que las originó. En este estadio evolutivo, no existe la muerte ni el envejecimiento. La ameba que vemos hoy en un microscopio ha vivido ininterrumpidamente desde su origen hasta la actualidad.

Con los organismos pluricelulares (múltiples células), aparece la especialización celular y con ella, posteriormente, la división sexual en seres diferenciados como macho y hembra.

Muchos ensayos biológicos ha hecho la naturaleza, hasta llegar a estas formas complejas de reproducción sexual, de las que quedan como testimonios algunas especies vivientes y restos embrionarios en los animales superiores.

Los pólipos de agua dulce se reproducen por yemación o, cuando las condiciones del medio son adversas, parte se transforma en macho y parte en hembra, segregando esperma y óvulos respectivamente. Al unirse el óvulo con el espermatozoide se forma el huevo que es resistente al medio inhóspito y sólo continuará el crecimiento cuando el medio tenga las condiciones adecuadas.

El hermafroditismo quizás haya sido un estadio evolutivo anterior a la división en seres sexuados independientes. Hay peces que pueden cambiar su sexo en pocos segundos y producir la fecundación de su propio desove; otros, pasan por un período de hembra y terminan su vida como machos.

El embrión humano durante la gestación, si no recibe el estímulo de la hormona androgénica masculina, continúa un desarrollo normalmente femenino. Las alteraciones en este proceso dan lugar a casos de hermafroditismo o seudohermafroditismo, como veremos más adelante.

La reproducción sexuada parece tener importancia en la evolución de las especies por la posibilidad de aprovechar las mutaciones o transformaciones genéticas satisfactorias de modo más efectivo y generalizado que a través de la partición unicelular de la hembra que procrea sin contacto con el macho (partenogénesis), pero a diferencia de la reproducción asexuada unicelular, trajo consigo el envejecimiento y la muerte.

La ameba no envejecerá: llegado a cierto grado de crecimiento se “disolverá” y continuará en dos seres idénticos a sí mismos; no tendrá un destino mortal si no es por la agresión del medio externo y su muerte no dejará descendencia. Los seres sexuales, en cambio, dan origen a seres independientes de sí que continuarán su vida aunque perezcan sus progenitores, como necesariamente deben hacerlo por el envejecimiento.

La reproducción sexuada tiene también sus transformaciones evolutivas. En la mayoría de los peces e insectos, una vez diferenciados, el macho sólo fertiliza los óvulos que deposita la hembra en el medio. Un hecho fundamental lo constituye el paso de la fecundación externa a la fecundación interna, es decir, en el interior corporal de la hembra, quien pasa a regular el encuentro sexual de acuerdo a su capacidad reproductiva y el cortejo del macho comienza a tomar formas de código vincular para un apareamiento que sincronice la unión de óvulos y espermatozoides.

La hembra tendrá invaginado y oculto su aparato reproductor y el macho tendrá sus genitales externos para poder penetrar y no perder el líquido seminal en la cópula.

El contacto corporal se torna indispensable para los animales más evolucionados, pero para que éste se produzca debe inhibirse la agresión violenta y vencer el miedo que se traduce en la huida.
Estos aspectos (temor-agresión) mantendrán su importancia en la pareja humana; sólo podrán ser controlados a través de la autoafirmación, el respeto y la confiabilidad en el otro.

2 – Medicina y reproducción

El culto a Adonis en la sociedad griega fue transformándose en el culto a Príapo en la sociedad romana. Este es representado, generalmente, con un gran pene en estado de erección (origen de la denominación médica “priapismo”). Las matronas romanas, según afirma San Agustín en Civit Dei -VI 9-, “consideraban como un hábito muy decente y piadoso obligar a las jóvenes novias a sentarse sobre la masculinidad monstruosa de Príapo”.

Las mujeres casadas cumplían el mismo ritual para no quedar estériles v evitar los malos hechizos. La sociedad patriarcal instala el falo como centro de la vida sexual fusionando el poder germinativo y el poder erectivo. Haciendo a un lado la hipótesis galénica (siglo II a.C.), que consideraba que la mujer tenía eyaculación interna y que al encontrarse en el interior femenino con la externa masculina se produciría el nuevo ser, construcción que da a la mujer un componente activo aun cuando se la piense desde la fisiología masculina. Considerando que esta propuesta no tuvo mayor trascendencia, la medicina apoyó, generalmente, en el plano de la sexualidad, las concepciones morales de las distintas épocas.

Aristóteles adjudica a la mujer un rol pasivo, participando solamente con su “sangre menstrual”; el hombre, en cambio, cumple con el principio activo, organizador, en cierto modo espiritual, en el sentido de “forma” aristotélica. Se tendía a adjudicar a la mujer la función de “incubadora”. En Euménide, de Esquilo, leemos: “El que siembre es el autor del vástago, que ella -la madre- guarda como en un vivero”.

Con el descubrimiento del espermatozoide en el siglo XVII, se observa en la cabeza del mismo un pequeño cuerpo preformado (homúnculo).

Con estos antecedentes del falo como representante del poder masculino social, psicológico y fisiológico, no es raro que dificultades en la penetración vaginal o en la fecundidad aparezcan fusionadas en el diagnóstico de impotencia, con todas las implicaciones de esta denominación.

La única alteración fisiológica que se la connota en términos de valoración es la sexual. A otras, se les antepone un prefijo que significa alteración de la función (disfagia: dificultad al tragar, dispepsia: dificultad de digerir, disartria: dificultad en el habla, etc.). Pero la sexual no es una alteración más, pues el sujeto que la padece ha perdido la base misma de su valoración psicosocial: es “un impotente”.

La imprecisión y significación de la terminología alcanzan también a la mujer con el diagnóstico de “frigidez”, sinonimia de “frialdad”.

La crítica no alcanza de todos modos a aquellos que acuñaron los términos, sino al hecho de que se continúe su uso y no se incorporen nuevas denominaciones diagnósticas basadas en hallazgos científicos actuales.
Si en el tema recién expuesto hay una distorsión conceptual, en el tema de la masturbación hubo una grave iatrogenia (daño producido por el médico) que se remonta al siglo XVIII. Previo a este siglo, la autoestimulación era tomada, en general, con condescendencia: se la veía como normal en los jóvenes y como un antídoto a la seducción de las mujeres, pero no inquietaba sino por motivos religiosos.

En 1758 aparece el libro del médico e higienista Samuel A. Tissot, “Onanismo: un tratado sobre los desórdenes producidos por la masturbación”. En éste se plantea cómo a través de la congestión cerebral que se produce durante la masturbación se llega a “la insania”.

Benjamín Rush, en el primer libro sobre psiquiatría editado en Estados Unidos amplía los efectos nocivos, el onanismo produciría “debilidad seminal, impotencia, disuria, tabes dorsal, tisis, cataratas, vértigo, epilepsia, hipocondría, pérdida de la memoria, manalgia, fatuidad y la muerte”.

No es raro, entonces, que se apelara a los recursos extremos para evitar males mayores: clitoridectomía (circuncisión en la mujer), histerectomía, circuncisión, castración, y, en algunos casos castración del pene.
Numerosos doctores recomendaban la excisión (extirpación del clítoris) para el tratamiento, en la mujer, de los trastornos mentales como la epilepsia, histeria, catalepsia, melancolía, e incluso la cleptomanía. Y hubo un famoso caso en Londres, el del Dr. Baker Brown, que tenía una clínica especializada en este tipo de operaciones, según consigna un informe de la O.M.S.

Si con todas estas terroríficas advertencias y tratamientos, no ha logrado la medicina erradicar la masturbación y el deseo sexual, sí podemos estar seguros de que la sexualidad quedó ligada a la angustia, al terror y a la culpa.


Fragmentos del capitulo II

Condicionamientos culturales

Oculté mis placeres y cuando llegué a la edad de la reflexión
estaba condenado a una profunda duplicidad de mi vida.

Robert Louis Stevenson, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde

1- Cultura y Sexualidad – La Prohibición del Incesto

La cuestión de la sexualidad humana es particularmente compleja debido a las múltiples determinaciones que cruzan por la misma. Se ocupa de esta problemática la biología, la sociología, la psicología, la religión» la política, la medicina, el derecho, y casi todas las ramas del saber humano tienen algo que plantear o cuestionarse sobre el tema.

También notamos dificultades en hablar y conducirse espon¬táneamente sobre estas cuestiones, aun cuando forman parte casi permanente de nuestra vida diaria.

Pareciera que pesara una prohibición social e individual sobre estas investigaciones. Un antropólogo tan destacado y audaz en hipótesis como Levy-Bruhl afirma: “La famosa cuestión de la prohibición del incesto [...] no requiere solución alguna. No hay por qué plantear el problema”. [...] “no hay por qué preguntarse la razón de que el incesto esté prohibido”.

Simplemente es algo que no sucede y cuando ocurre despierta terror y espanto.

Con los descubrimientos de Freud, el problema del tabú del incesto recobra un nuevo interés en su estudio y la mayor parte de los antropólogos modernos están de acuerdo en afirmar que la represión de la sexualidad es uno de los elementos fundamentales en el pasaje de la naturaleza a la cultura.

Entre los primates superiores, la sociabilidad parece estar determinada por tres ejes fundamentales: el sexo, la defensa contra los enemigos y la búsqueda de alimentos. “Entre dichos factores, el sexual es el más importante. Tanto los monos como los simios antropomorfos son sexualmente activos durante todo el año. Sin embargo, la sexualidad no se limita al coito heterosexual sino que penetra toda la vida social. Por ejemplo el acoplamiento sexual forma parte, junto con el control de los alimentos, de los requisitos para establecer la dominación de unos animales sobre otros”.

Los instintos que regulan la vida social animal pasan en la sociedad humana a ser transformados en pulsiones, en estructuras modeladas por leyes de interrelación humana que dan origen y son el origen de la cultura.

El tabú del incesto está en estos factores que son el tránsito de la naturaleza a la cultura. Tenemos en nuestro origen antropológico una prohibición en la sexualidad que es parte de nuestra esencia humana. De modo que al encarar este problema estaremos bordeando esta represión originaria.

También sabemos que la sexualidad humana está regida no sólo por este principio universal del tabú del incesto, sino por distintas prohibiciones o interdicciones que dependen del desarrollo de las distintas sociedades.

Por ello las necesidades de tener una cierta perspectiva antropológica e histórica para entender con mayor claridad prejuicios y aptitudes en nuestro mundo contemporáneo.

2- La variedad cultural

Muchas tribus estudiadas actualmente desconocen la paternidad fisiológica. Consideran que la mujer queda embarazada por distintos medios mágicos o sagrados, pero no relacionan el coito con la concepción.
La descendencia se efectúa por la línea materna, de modo que la madre y sus hijos pertenecen a un clan y el padre a otro clan. En realidad, para los integrantes de esta tribu, el padre biológico es el esposo de la madre y cumple con los hijos una función de amigo y compañero, mientras que el tío materno es el que cumple con las exigencias de la función paterna en cuanto a la prescripción y control de la educación del niño.

En oposición a este desconocimiento, en especial los trobriandeses, conocían muy bien el desarrollo sexual infantil y se referían a éste con observaciones humorísticas condescendientes; así como los juegos de caza servirían para su futuro, también los juegos sexuales infantiles los formarían para su vida sexual adulta. De todos modos, estos juegos no debían efectuarse dentro de las chozas sino en un bosquecillo cercano a la aldea.

En el tema de la sexualidad humana tendemos a sentir como “natu¬ral” aquello que nos es dado por la estructura sociocultural a la que pertenecemos y nos inclinamos a dar por universales aquellos valores en los que nos desarrollamos.

En relación al pudor, las normas tienen variaciones de todo tipo. Para un guerrero massai, el tapar el pene es muestra de vergüenza, mientras que en las Nuevas Hébridas debe ocultarse el pene pero mostrar los testículos, ya que la observación del mismo podría traer mala suerte. Esta actitud difería en los romanos, en especial los pompeyanos, quienes esculpían las representaciones del pene y los testículos en el frente de sus casas como amuleto contra el “mal de ojo”, siendo posteriormente sustituidas por el coral ante la prédica cristiana contra las prácticas paganas y en particular la iconografía sexual.

Asimismo, los hindúes del culto tántrico al considerar el acto sexual como sagrado, esculpían en sus templos parejas en distintas posiciones sexuales.

Una tribu sudanesa tiene un criterio estético desarrollado en relación a la desnudez y sólo permite que hombres y mujeres jóvenes considerados bellos pueden estar desnudos, a diferencia de las prostitutas romanas que eran obligadas a transitar sin ropas por ciertas partes de la ciudad para no ser confundidas con una mujer honorable.

Es posible también observar lo que hoy llamaríamos “desplazamiento de la sexualidad”. James Cook describió una tribu polinesia que estaba completamente desnuda y tenían relaciones sexuales en público pero se ocultaban cuidadosamente para comer cada grupo en su choza y era tabú el ser observado u observar la ingesta.

De todos estos ejemplos podemos sacar una conclusión: salvo el tabú del incesto, no tenemos normas universales de comportamiento, razón por la cual tenemos el deber y el derecho de cuestionarnos nuestra sexualidad contemporánea.

3. Ritos de Iniciación Sexual

Los ritos son fundamentales en la organización social primitiva y los ritos de iniciación sexual tienen como elemento central en muchas culturas a la circuncisión masculina y femenina.

El hecho de efectuarse ritualmente con un cuchillo de piedra nos da una idea de la antigüedad de esta práctica muy difundida en los orígenes de la civilización. Sólo los pueblos de habla indogermánica y mongólica parecen no haberla practicado o abandonado rápidamente.

En Egipto estaba ya establecida en el 4000 a.C., y en el 2400 a.C. aparece en una de las representaciones en la tumba de Sakkara. Heródoto es el primero que hace mención de ella y adjudica a los egipcios y los etíopes esta práctica.

Entre los egipcios, la circuncisión se efectuaba antiguamente en niños entre los 6 y 12 años, mientras que los etíopes, junto con los hindúes y musulmanes, poco después de nacer.

Los judíos tomaron esta práctica como un principio básico religioso, como un cumplimiento del pacto entre Dios y Abraham, tal como se lee en el Génesis (17,10-14). Tiene las características de un pacto de sangre, debiendo ésta provenir de los genitales y no sería una marca tribal para distinguir a los hijos de Israel de sus vecinos politeístas, ya que la circuncisión estaba muy difundida geográficamente en esa época.

Posiblemente tomaron la idea de esta práctica de Egipto en la época del Éxodo, y la convirtieron posteriormente en señal de gracia.

El cristianismo reemplaza la circuncisión por el bautismo, utilizando el agua como símbolo purificador sin derramamiento de sangre, ésta participará simbólicamente a través del vino.

“La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra” dice San Pablo a los Romanos (2,29) reafirmando como genuina la comunión con Dios en el interior del sujeto, negando la validez de los signos rituales externos.
La práctica de la circuncisión parece siempre haber tenido en su origen un profundo significado religioso o sagrado, pero su mantenimiento pudo posteriormente deberse a razones morales o de costumbre.

En el caso de la circuncisión femenina (escisión del clítoris y labios vaginales) también llamada faraónica, continúa su práctica en Egipto, Nueva Guinea, Australia, grupos islámicos del Asia Oriental, India y África, grupos indígenas de América del Sur, en especial Perú, Brasil y Colombia.

La Organización Mundial de la Salud la tiene como una de las prácticas que afectan severamente a la mujer de estos países en especial en África, en la que se está haciendo una campaña infructuosa para erradicarla.

La denominación de faraónica proviene de la creencia en la bisexualidad de los dioses; solo ellos tienen el derecho a conservarla, el hombre debe encontrar alguna forma de desterraría, ya que su mantenimiento sería de consecuencias funestas. Tanto el varón como la mujer deben eliminar las partes de “alma femenina” y “masculina”, respectivamente.

La mujer lo hará al desprenderse del clítoris a través de la escisión y el varón del prepucio, representaciones iconográficas simbólicas del pene-clítoris y vagina-prepucio.

La medicina a través de Sorano de Efeso (siglo II d.C.) avaló esta práctica al plantear que una joven no circuncidada tenía una “vergonzosa deformidad” que le daba apariencia de hombre.

Siglos más tarde, Pablo de Egina (siglo VII) avanza más en la práctica y plantea el clítoris como “una cosa indecente que puede tener erección como un pene y servir para el coito lesbiano” razón por la cual no sólo es aconsejable la circuncisión femenina, sino indispensable.

Se pasa paulatinamente del origen religioso a la práctica moral de costumbre. En numerosas regiones de África y Asia la joven no circundada es considerada salvaje e impura, no digna para casarse, a tal grado llega este impedimento que muchachas que no han sido circundadas por sus padres lo hacen voluntariamente durante la adolescencia.

Los religiosos islámicos plantean que esta práctica no está avalada por el Corán y que continúa entre sus fieles por razones de costumbre pero no religiosas, en cambio el varón sí debe circuncidarse como le exige el libro sagrado.

La infibulación es un complemento y variante de la escisión del clítoris que consiste en continuar la misma extirpando ambos lados de la vulva, cosiéndolos posteriormente, dejando una pequeña abertura para el paso de la orina y la menstruación.

La abertura vaginal se abre sólo en vísperas del casamiento, tiene por finalidad mantener la virginidad y evitar los desórdenes que puede provocar la excitación femenina.

W. Stekel, en nuestra sociedad occidental moderna, comenta haber asistido a una operación de extirpación de clítoris como forma de tratar una masturbación compulsiva; otra vez aparece la circuncisión tratando de evitar un “mal mayor”.

Entre los primitivos esta práctica estaba ubicada entre los rituales de iniciación y pasaje (de la infancia a la adolescencia y de la adolescencia a la adultez). Posteriormente, la posesión de la mujer como objeto del hombre da a esta práctica connotaciones nuevas y se pasa de la infibulación ritual (cierre de la entrada vaginal por distintos medios que impide la penetración) al “cinturón de castidad” de la Edad Media y de éste al “cinturón superyoico” Victoriano.

Distintas formas del temor a la libertad y al erotismo han marcado en el cuerpo y en el alma la historia de la humanidad.


El autor:

Jorge Alberto Franco es médico psiquiatra y doctor en medicina por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como profesor adjunto de Salud Mental en la Facultad de Medicina de la UBA y como profesor titular de la materia “Salud y sexualidad” en la Facultad de Psicología de la la Universidad de Belgrano. Es jefe de la División Tratamientos Ambulatorios y Coordinador del Equipo de Disfunciones Sexuales del Departamento de Salud Mental del Hopital de Clínica José de San Martín (UBA).

Referencias:

Franco Jorge A. Sexo y sexualidad en el siglo XXI: abordaje integral para profesionales, docentes y estudiantes. Buenos Aires: Polemos, 2009 / ISBN: 978-987-649.009-2

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