Fragmento sobre Kundera

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La primera novela de Milan Kundera, La broma, es la historia de cómo una ironía leída por quien no debería –escribir en una postal “El optimismo es el opio del pueblo”– arruina la vida de su protagonista en la Checoslovaquia comunista. La última, La fiesta de la insignificancia –que su editorial en España, Tusquets, saca a la calle el 2 de septiembre– relata en uno de sus capítulos como Stalin relata una historia que puede ser, o no, un chiste, aunque descubrirlo no es sencillo: si por casualidad no es un chiste y es un delirio de dictador, puede costar la vida al que se ría a destiempo. En medio, transcurre la vida de uno de los escritores europeos más importantes del siglo XX, cuya existencia podría ser definida como una gran lucha contra un mundo que ha perdido el sentido del humor…..

La vida y la obra del narrador, de 85 años, han estado marcadas por aquella represión, que le llevó al exilio, a cambiar de país, de nacionalidad (François Mitterand le concedió la ciudadanía francesa en 1981, a la vez que a Julio Cortázar, después de dos años como apátrida ya que los checos le habían retirado la suya en 1979) y, finalmente, de lengua: sus últimas cuatro novelas están escritas directamente en francés. El autor se fue recluyendo poco a poco desde mediados de los años ochenta, cuando el éxito de La insoportable levedad del ser le hizo mundialmente famoso, apartándose de la mirada pública y de la prensa, de lo que llama los “estragos de la sociedad de la transparencia”, un proceso que se ha profundizado desde que fue acusado en 2008 de haber sido un delator bajo la dictadura comunista, un cargo que rechazó rotundamente en su primera declaración pública en 30 años (un párrafo dictado por teléfono a la agencia checa de noticias). Pero, como demuestra La fiesta de la insignificancia, hay algo de lo que Kundera nunca se ha olvidado: ni de la literatura, ni de los buenos chistes….

 

Los amigos cercanos del escritor respetan el muro de silencio con el que ha decidido protegerse del mundo exterior y evitan contar cualquier detalle sobre su vida. “Es un hombre muy secreto”, asegura Jean Daniel. “Mi amistad con ellos viene del hecho de que soy una tumba, es un pacto de amistad y un pacto de editora”, explica por su parte Beatriz de Moura, su editora española en Tusquets, traductora de sus libros del francés y que, junto a su compañero ya fallecido, Toni López Lamadrid, estableció una profunda amistad con el novelista y con su esposa. “Los periodistas se convirtieron casi en una obsesión, pensaba que siempre van a la noticia fácil, tenía mucho miedo a ser malentendido, también por los traductores. Pensaba que los medios tenían muchísimo poder, su postura fue que se hable de su obra”, señala la traductora y escritora checa Monika Zgustova, que también trató mucho al autor de El libro de los amores ridículos. “Su vida es perfectamente normal, pero tiene que defenderse de la sociedad del entretenimiento”, asegura Fernando de Valenzuela, periodista, traductor al español de la obra en checo de Kundera y gran amigo del novelista.

Hace décadas que no concede una entrevista y es una pena porque la conversación con Roth, publicada en El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral), es una auténtica joya: “El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso”; “Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes”. En marzo de 1982, viajó a Madrid para presentar El libro de la risa y el olvido y concedió una entrevista a este diario, a Rosa María Pereda, en la que también se muestra un interlocutor lúcido pese a que arrastraba una gripe tremenda. “No me siento cómodo en el papel de disidente”, aseguró entonces, cuando la caída del Muro de Berlín y el final del mundo comunista parecían una quimera. “Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada. Porque lo que está pasando en Europa Central es precisamente la masacre de su cultura. Imagine que a principios de siglo la cultura centroeuropea era el verdadero centro de la cultura europea. Todo proviene de allí: el psicoanálisis, el estructuralismo, la dodecafonía, el teatro del absurdo… Todo ello está a punto de terminar porque esta parte de Occidente está incluida en otra civilización, el Este. El choque cultural es aún más fuerte que el político”.

En el otoño de 1983 concedió una serie de entrevistas a Christian Salmon, que publicaría en The Paris Review y que se han convertido en un clásico de los estudios literarios. En 1985 The New York Times publicó una larga conversación con la escritora experta en el mundo soviético Olga Carlisle, que describía su domicilio “como un pequeño apartamento con vistas a los tejados de Montparnasse”. “Lo que da personalidad a su salón son las pinturas modernas, surrealistas, que cuelgan de sus paredes. Algunas son de artistas checos, otras del propio Kundera”. Describe a Vera, su esposa, música y compositora, como “una guapa morena con el pelo corto” y asegura que la fama ha irrumpido en su vida en forma de constantes llamadas y peticiones de “televisiones europeas, directores de teatro y de cine”. Es Vera quien atiende el teléfono. “Alto y delgado, vestido con un viejo jersey azul, Kundera parece un hombre que se siente a gusto consigo mismo”, prosigue la periodista que relata como el propio novelista le acompaña caminando al hotel, “un corto paseo en medio de la ruidosa noche parisina”. Dos días después los Kundera le invitaron a comer codorniz en salsa de enebro al estilo checo. El matrimonio Kundera no se muestra huraño en ningún momento, más bien todo lo contrario. “La vida, cuando uno no puede esconderse de los demás, eso es el infierno y lo sabe cualquiera que haya vivido en un país totalitario”, confesó entonces en una frase que, desde su refugio, tiene mucho sentido. Aquella entrevista, junto a una preciosas imágenes de Milan y Vera Kundera en ese mismo salón tomadas por el fotógrafo siciliano de Magnum Fernando Scianna, fueron los últimos momentos públicos del escritor antes de reclamar su derecho a esfumarse. Le Monde cuenta que todavía es posible verle pasear por las calles del distrito sexto de París (el Barrio Latino) donde vive, por el Jardín de Luxemburgo –donde transcurre una escena crucial de su última novela– o tomando un vodka en el bar del mítico hotel Lutetia, que acaba de cerrar durante tres años para unas largas renovaciones. Pasa también temporadas en una casa de las afueras de París. Leer más en http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/25/babelia/1406303366_269657.html

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