Humor del otro lado de la cortina de hierro (historias vivas de Kundera )

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Kundera nunca se ha olvidado: ni de la literatura, ni de los buenos chistes. “Aprendí a valorar el humor durante la época del terror estalinista”, aseguró en 1980 en una entrevista con el novelista Philip Roth, una de las últimas que concedió antes de desaparecer de la escena pública. “Tenía veinte años. Para identificar a alguien que no fuera estalinista, al que no hubiera que tener miedo, bastaba con fijarse en su sonrisa. El sentido del humor era una señal de identificación muy fiable. Desde aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo el sentido del humor”.

Los chistes son un ángulo magnífico para contar la historia del comunismo en Europa Oriental y la URSS: “Qué hay más frío que el agua fría en Rumania? El agua caliente” “¿Cómo se llama una orquesta sinfónica soviética a la vuelta de una gira por Occidente? Un cuarteto” “¿Se puede envolver un elefante con un diario? Sólo si recoge íntegro un discurso de Kruschev” “¿Cómo visitan los rusos a sus amigos? En tanque” (este último es un chiste checoslovaco de 1968). El periodista Ben Lewis escribió un ensayo delicioso sobre el tema, Hammer & Tickle (algo así como El martillo y las cosquillas, un intraducible juego de palabras entre sickle –hoz– y tickle –cosquillas–) en el que recoge la historia del escritor checoslovaco Jan Kalina, autor del primer estudio sobre el humor bajo el comunismo, 1001 chistes. Kalina escribió su libro aprovechando la apertura que antecedió a la Primavera de Praga y lo envió a imprenta, pero justo en ese momento no había papel. Cuando por fin llegó, los tanques soviéticos ya habían arrasado el estallido de libertad checoslovaco, y los impresores se pusieron a trabajar en los libros que tenían en lista de espera, sin mirar su contenido. El ensayo salió a la calle en 1969, vendió 25.000 ejemplares en dos semanas –el tiempo que tardaron en darse cuenta las autoridades de que su contenido no les hacía ninguna gracia– y su autor fue detenido y sometido a un proceso, tras el que fue condenado a dos años de trabajos forzados por “publicar un libro satírico que insulta con crudeza el estado y la sociedad de la República Checoslovaca y su solidaridad con la Unión Soviética”.

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