Basado en Sabina sin música. Todas las letras del viejo truhán.
Introducción
“Irse por los cerros de Úbeda”, por un lugar remoto, fuera de cmaino dondel el diablo pierde el poncho, es decir uno divaga o se extravía en el raciocinio o en el discurso.
José Martínez Sabina nació en Ubea en la posguerra (1949), en la España tercermundista y franquista. Su madre ama de casa. Su padre policía, Jerónimo Martínez fisgón de izquierdistas, gustaba de la poesía.
Como buen andaluz José Martínez llamado después Joaquín Sabina tenía inscrito los versos en su código genético (la lista de jarchas es larga: Góngora, Bécquer, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, y muchos más).
A los 14 añitos comenzó con una guitarra tocando temas de Elvis…. En las canciones de Sabina, es posible encontrar múltiples referencias a los cuentos infantiles: “el pirata cojo” (tópico de una maravillosa canción), Peter Pan ( el chico que no quiere crecer –como él- es citado en varias oportunidades), Cruela de Vil, princesas, hadas, cenicientas, brujas, Robinson, Gulliver, el flautista de Hamelín, Barba Azul y varios otros. Pero no hay ningún ogro que represente a ese padre. No parece haber sido con su hijo el filicida, el Saturno goyesco devorándose a su hijo“. En plena agonía del franquismo, Joaquín era uno de los muchos jóvenes que volanteaban o ponían cocktails molotov. Lo que tuvo de singular su situación fue el modo en que lo llevaron detenido: su propio padre fue a despertarlo a la cama matinal a decirle que debía llevarlo consigo.
Por este delito “Sabina llegó hasta Londres con un pasaporte que no era el suyo, huyó de los sabuesos como su padre, y se instaló a hacer vida de exiliado y de okupa o de quáter, nada menos que que en la década del 70 con sus Betles, Rolling Stones y Bob Dylan. Se ganó la vida cantando en el metro y en la calle, y se enamoró de una sudaca, Lucía, una argentina con quien se casaría y a quien es posible rastrear en la melancólica canción “Eva tomando el sol” y en la oficinista de `Caballo de Cartón`”.
Madrid me mata: Endemoniado poeta (de aquí en adelante está tal y como aparece en CON BUENA LETRA, de Joaquín Sabina. Prólogo de Benjamín Prado. Temas de hoy, Buenos Aires, 2003, 328 páginas. Distribuye Planeta. (Incluye numerosos dibujos y fotografías del autor)
Sabina ha compuesto verdaderos himnos a Madrid, al mejor estilo nacionalista, épico y heroico. Uno de ellos es una canción sencillamente inolvidable, titulada “Pongamos que hablo de Madrid”….. “Sabina utiliza como metáforas obvias de la existencia vehículos que viajan (¡incluye hasta lomos de yegua!). Nada más bonito que imaginárselo con sus lentes oscuros y un cigarrillo apagado en la comisura de los labios, meciéndose en el movimiento del vagón del metro, pensando un verso como “el tiempo es un microbús”, o una lista de comparaciones “Errante como un taxi por el desierto”, “(Huraño) como un barco sin polizones” o “oscuro como un túnel sin tren expreso”, mientras las estaciones de la línea azul se suceden: Bilbao, Tribunal, Gran Vía, Sol, Tirso de Molina, Antón Martín, Atocha… En el jugosísimo homenaje que su amigo y colega Luis Eduardo Aute compuso a Sabina “Pongamos que hablo de Joaquín”, se encuentra el inefable hallazgo “Aunque andaluz de fin de siglo/universal, quiero decir/ no sé qué tiene de rabino/cuando le miro de perfil”. Y mucho tiene de judío errante el personaje que Sabina crea y que nos hace creer a todos que es autobiográfico….. Por sus versos pululan las maletas, los cajones vacíos, los bolsillos en donde se busca algo que se ha robado. Sin embargo, frente a tanto desarraigo y tanta metáfora de transitoriedad en sus versos , frente a tanto símbolo de desintegración de la identidad, frente a tanto espejo (las canciones están llenas de ellos) en que tanto personaje se mira para ver quién está ahí, hay un sólido mundo que hace las veces de hogar, dulce hogar, con una raíz profunda en el corazón de la tierra, o más bien del cemento: son los bares. El bar, el bar nocturno, es en Sabina la verdadera cueva del animal llamado ser humano“.
Sabina se mueve siempre en la polaridad de las paradojas, de las antítesis, de los quiasmos y los oxímorons (ecuación “hotel, dulce hotel, hogar , dulce hogar”), que tiñe obsesivamente la poesía de las canciones de Sabina, es que entre los desconocidos de la barra de un bar se produce la mayor intensidad posible de contacto entre la especie humana, y, por el contrario, en la vida rutinaria es cuando se produce el mayor alejamiento. Aquí el cantante se enrosca en un discurso adolescente, pro-lumpen, que no le ha sido pocas veces recriminado: idolatra ladrones, putas, drogadictos, travestis, presos, suicidas y toda fauna viviente que se aparte de la convención. Es la apología del “macarra de ceñido pantalón”: en el libro que recoge sus letras, Sabina agrega anotaciones con su puño y letra y, justamente a la canción “Qué demasiao”, del disco Malas compañías, le apunta: “Aquí encontré un camino suburbial luego transitado ad náuseam”. Un camino que sin duda transitan también tradicionales personajes fatídicos, como Belcebú (que suele aparecer bajo diferentes rótulos, como por ejemplo “Mi amigo Satán”) y hasta realiza en él un buen trecho con Sade, con quien opina que “al deseo los frenos le sientan fatal”. También se cruza con Casanova y por supuesto con Drácula
Juez, parte y cuentista.
Este “malditismo” tiene su justificación en la hermosa canción “Princesa”, dedicada a una heroinómana, uno de cuyos sus versos le pone título al disco: “¿Con qué ley condenarte/si somos juez y parte/ de todas tus andanzas?”
Muchas veces se ha dicho que en realidad Sabina es un fotógrafo, un retratista tecnologizado que toma instantáneas de los “nacidos para perder” con la ciudad de fondo, con ese paisaje urbano de espaldas al mar y a la primavera, bajo un cielo teñido de humo y enredado de antenas y chimeneas y cables.
Sin embargo, la lectura de este libro de trescientas veintiocho páginas, donde se registran dieciséis álbumes y decenas de letras de canciones, muestra a Sabina bien lejos del testimonio. Por supuesto que lo que escribe tiene un fuerte efecto de “realidad”: así la chica de Eva tomando el sol, mientras Adán emborronaba partituras, “ freía las patatas”, en un verso de un prosaísmo pocas veces superado en toda la obra de Sabina.
Pero mucho más que periodista amarillo, que ojo perspicaz siguiendo el rastro de ladronzuelos y traficantes de droga del bajo mundo, él es un contador de historias. Cada canción es un cuentito, un cuentito breve hasta a veces con moraleja. Y cada estrofa a menudo evoca las rimas cantadas en corro por los niños. Los juegos de palabras, las rimas consonantes más machaconas, donde los finales de verso coinciden con los finales siguientes de modo sorpresivo y juguetón, las retahílas donde se repite una palabra mágica hasta el cansancio, nos llevan directamente a la poesía popular andaluza, al romance que se regodea en el sonido mágico de las palabras pero que también nos narra una historia.
Literatura antiliteraria.
Estas canciones son literatura… el problema está en dilucidar qué literatura. Están bien lejos de la poesía de libro. En primer lugar, porque son mucho más divertidas. El humor es un ingrediente fundamental en los textos de Sabina, y hasta algunas veces toda la canción es una gran carcajada . Es imposible escuchar o leer “Pacto entre caballeros” sin reírse, imaginando a Sabina y a los ladrones tomándose una foto carnet y pareciendo “la cuadrilla de la muerte”. Pero aún en las canciones más tristes y patéticas el humor aparece en la comisura de los labios, como en el homenaje que le hace a Cristina Onassis y a todas las mujeres desgraciadas del mundo. Salvo unos solemnes y panfletarios textos de su primer disco ( como por ejemplo el imperdible “Canción para las manos de un soldado”), Sabina se mofa de todos y de todo, aún con lágrimas en los ojos.
Estas canciones tienen también una desvergüenza que la pudorosa poesía de libro ha perdido hace tiempo: el compositor no tiene ningún complejo a la hora de usar las rimas, por más machaconas que sean. Juega con el lenguaje, incorporando a sus textos decenas de palabras de la calle, rastros de una oralidad que se sabe efímera: las palabras como “colega”, “talego”, “tronco”, son las del argot madrileño y quizás no se entiendan al otro lado del Atlántico, o quizás ya no se usen en un par de décadas. Del mismo modo, en sus últimos discos, con la latinoamericanización de su producción, Sabina ha incorporado palabras del lunfardo, por ejemplo, sin ningún prejuicio. Si en Madrid no entienden, allá ellos.
Recupera el sabor de la palabra como “cosa”, la mística de la palabra dicha, en oposición a la lectura silenciosa del libro de poemas. Son textos para ser cantados, fueron concebidos simultáneamente a su música, y el propio autor ha tenido miedo de que , sus textos sin música, “puedan ser desabridos como puchero de pobre”.
Los cantos del santurrón.
En sus textos Sabina realiza una reconversión de aquellos rezos insoportables que todo niño español educado en la posguerra había de incorporar. Así, sus textos se transforman en verdaderas “letanías”, reiteraciones de frases mágicas o palabras talismán, como la anáfora “Hay mujeres que…” en la canción “Mujer fatal” y el “Ahora que…” de la canción que usa esta reiteración como título.
Un tema interesante sería investigar todo el trauma religioso que tiene Joaquín Sabina moviendo los hilos secretos de su corazón. Se confiesa ateo, pero sus textos rockanroleros tienen la cadencia de los rezos y los tópicos de la Biblia: por allí pasan constantemente las referencias al Génesis y son citados en varias ocasiones Adán y Eva, Caín y Abel, y ni qué hablar de la serpiente, Judas, Jesús, la Virgen, la Magdalena y numerosos lugares comunes de las prácticas religiosas más fetichistas. Seguramente, toda esta herencia y parafernalia católica le llegan más por su fascinación por lo popular que por la credibilidad que lo sagrado tiene en su alma escéptica.
Diosa poesía.
Y sin embargo, no es posible separar a este Sabina cantador y juguetón del Verbo, con el Sabina que ha leído multitud de libros de poesía. Sin los grandes libros de poesía de Vallejo, de Neruda, de Alberti, de Lorca, de Sor Juana Inés de la Cruz, y sin las horas que se ha pasado leyéndolos, este libro Con buena letra , cuyo autor es el escritor Joaquín Sabina, sería inconcebible. Los versos de Sabina están llenos de quiasmos y retruécanos al más puro estilo barroco. Así, en “Una canción para la Magdalena”, encuentra un maravilloso hallazgo digno de Sor Juana: “la más señora de todas las putas/la más puta de todas las señoras”, pero también están llenos de enumeraciones, de modo nerudiano: hay estrofas enteras que son acumulaciones de rótulos, de sustantivos, de nombres de calles.
Este libro incluye los textos de puño y letra del autor, pero no incluye –no puede- incluir la delicia de la voz de Sabina leyendo en recitales ante un clamoroso público, poemas de otros. Ha quedado grabada la lectura durante un concierto, de un emblemático texto de Neruda, “Oda a la crítica”. Cuando se lo escucha, se percibe el placer de la lengua húmeda de Sabina rozando los labios, pronunciando aquello verso por verso, con un goce infinito. Es el lector absoluto de poesía, es el lector que escribe y que canta.
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/blanque/sabina.htm
Joaquín Sabina por prescripción facultativa autor Antonio J. Quesada
Creo que alguna vez ya he dejado por escrito que considero necesario, para tirar cada día adelante, las canciones de Joaquín Sabina. Y si no lo he dejado por escrito todavía me da igual, lo hago ahora y punto, tampoco suele tener mayor importancia decir las cosas antes o después. Lo importante suele ser decirlas. Escribió alguna vez CJC (ya saben, “Comer, Joder y Caminar”, que se reescribía el Marqués de Iria Flavia), que “hay hombres que están en este mundo para obedecer y aguantar y además se les nota”. Me da en la nariz que no es el caso: si la vida se deja, Joaquín le acaba metiendo mano, eso parece una ley física.
Consigue Sabina, tanto en sus canciones como en sus versos (que me llegan menos, la verdad), reunir en sí mismo casi todas las reglas y excepciones que sugería Eco como necesarias en toda vida culturalmente saludable (“Apocalípticos e Integrados”, busquen por ahí). Sabina encierra la regla y la excepción él solo, como Eco es capaz de unir a Superman con la Escuela de Frankfurt sin despeinarse el flequillo. Instruye, divierte, indigna o maleduca, perfecto, tratándote siempre como al adulto un tanto crápula que todos llevamos dentro (aunque unos lo llevan más dentro que otros, como pasa con todo en la vida). Como te digo una co, te digo la o: Sabina es ese canalla que canta todo lo que nos pasa por las noches, cuando se nos va la mano con la cerveza, cuando una tía nos vuelve a decir que no en un bar o cuando otra nos manda a soplar nardos, después de una noche loca, pero luego puede seguir hablándonos de la última masacre en Palestina o de cómo está Fidel o Diego Maradona. Sabina es mucho más que un cantante: es ese intelectual capaz de saber quién es el último cretino que campea a sus anchas por la prensa rosa gracias a que se folla a no sé quién sin condón, y darnos una lección sobre la poesía de la experiencia que dure exactamente un par de rondas de cervezas a las que alguien nos invitó (y habrá que apurarlas: somos bien nacidos). De él podríamos decir algo parecido a lo que dijo alguien de una dama muy voluminosa: “encierra todas las virtudes de las tres gracias en ella sola”. Sabina encierra las virtudes del más intelectual y del más canalla dentro de sí. Me gusta.
Yo, que me dedico a la docencia (seguramente hasta que me echen o hasta que se me agote la vocación, no sé qué llegará antes), suelo decir que un buen profesor debe reunir lo más exquisito del mejor alumno y lo más canalla del peor estudiante para que, parafraseando a Marx (con perdón para la FAES), nada de lo humano le sea ajeno. A Sabina le sucede algo así: nada de lo humano parece serle ajeno. El ripio, la política, el porrito, el romance, el soneto, el secretario general de algo, el disco de oro, tu puta madre, algún ex-presidente del gobierno, un par de cuernos nocturnos, tu santa madre, príncipes de paso, una rayita a destiempo, un guerrillero con pasamontañas, algún condón a punto de ser usado (esperemos que sea para bien), uno, dos, cien cubatas, Silvio Rodríguez, llueve sobre mojado, un brindis con sodomitas y/o gomorreros traídos especialmente para la ocasión, González Catán, Pablo Milanés, las chicas Almodóvar (que no chicas de moda: por muy buena que esté la Theron eso no va con tipos como nosotros). Y, en resumen, todo lo demás.
Es necesario el imaginario de Sabina para sentirse evolucionado respecto del mono que algún día dejaremos a nuestros hijos: es necesario bajarse en Atocha, pongamos ahora que hablamos de Madrid. Es necesario tocarle el culo a la “Barbie superstar”, ahora que está de capa caída (antes era inalcanzable), darle sesenta céntimos nostálgicos (ni uno más) a la “princesa”, poner a nombre de nuestra mejor querida todas las olas del mar, ser del Rayo Vallecano aunque sea un rato, montar un golpe de estado en la luna o trasnochar 19 días y 500 noches seguidos detrás de alguna rubia teñida. Vestirnos de purísima y oro para cuadrar a algún putero demorado o llegar a tiempo de levantarle a Paula la pollera, que debe ser lo más de lo más cuando en la doce más violenta de la Bombonera montan lo que montan con la Virgen de los Vientos. O ya llegar al orgasmo musical siendo alguna de las cosas descritas en “El pirata cojo”: me pido casi todas las vidas citadas menos la de pirata, pero si me dan a elegir, me hace más tilín ser flautista en Hamelin, comunista en las Vegas o, por favor, fotógrafo en Playboy.
Para completar el imaginario “sabiniano”, traigo a este pesebre figuritas pintorescas como una monja con guantes de boxeo, un cojo con derecho al pataleo o un huevo de Colón precolombino, deseo de todo corazón que las vascas se casen con maquetos, que deserte el borrego del rebaño y que las pateras arriben a buen puerto aunque sea por una vez. Y que Dios me perdone, claro, pues “debajo del solideo / la ocasión la pintan calva / para ser un buen ateo”. O, por lo menos, que ese particular que es el Papa de Roma me perdone los pecados y me mande su absolución como archivo adjunto por e-mail.
Hoy día, con los tiempos que corren, Sabina es más necesario que nunca para tener el cerebro bien engrasado. Por prescripción facultativa, vamos.
http://www.trovadores.com/noticias/sabina_facultativa.htm